SEIS REFUGIADOS RELATAN EL DRAMA EN PRIMERA PERSONA

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Seis personas se sientan alrededor de una mesa, con un plato de pollo y arroz con lentejas sobre las rodillas, cansados, sonrientes. Bushra, Ghassan y Mohamad huyeron hace un mes de Latakia, una ciudad costera de Siria. Desde entonces no han parado de andar. Llevan chanclas, tienen los pies heridos y su vida resumida en una mochila. Los dos primeros, Bushra y Ghassan, son pareja. Él era zapatero en Siria. Mohamad, el mayor, es cocinero. Ella sólo tiene 21 años, no trabajaba. En la cocina están sentadas también Leticia, Marga y Janine. Las dos primeras son españolas (segoviana y madrileña). Leticia es ingeniera, Marga, arquitecta y Janine -alemana- futura trabajadora social.

Estas seis personas comparten mesa y cena pero apenas pueden hablar entre ellos. Ellas no saben árabe y ellos, apenas diez palabras en inglés. Uno de los chicos levanta un vaso de cristal, una patata o un cuchillo, y lo nombra en árabe, separando las sílabas despacio. El objeto luego cambia de dueño: así se dice en alemán, y, mira, esta es la palabra española. Y se ríen.

Hace dos días que los seis comparten piso en el barrio de Wedding. Los recién llegados son tres de los casi 70.000 refugiados que Berlín espera recibir hasta finales de año. 800.000 en Alemania, la tierra prometida de los desesperados. En algún lugar de la frontera con la República Checa hay trenes parados abarrotados de personas que gritan «paz» y «Alemania». Ayer, a la hora de comer, el centro social (Lageso) que los atiende en el barrio de Moabit sirvió 1.500 comidas.

Pueden pasar entre 2 y 12 días hasta que los refugiados encuentren, al menos, un lugar donde dormir. Al caer la tarde siguen haciendo cola para no perder su número. Hacen corrillos y comparten noticias sobre los amigos y compañeros de viaje que se quedaron atrás, en el camino, o más lejos aún, en la salida. Luego llegan decenas de voluntarios dispuestos a ofrecer comida, mantas, zapatos, móviles, habitaciones libres. Un intérprete grita, por ejemplo,: «Estas chicas tienen una habitación» y en la cola varios levantan el brazo «¡yo, yo, yo!».

«En el piso somos cuatro, tenemos una habitación libre, porque Úrsula está de vacaciones dos semanas. Ese espacio puede aprovecharse, está muerto de risa. Yo lo sugerí pero tomamos la decisión entre las cuatro. A todas nos pareció bien», cuenta Leticia, desde Berlín.

«Es una experiencia muy bonita, emocionante. Casi no podemos comunicarnos, pero intentamos entendernos. Al final se trata de ayudar. Que tengan un lugar para dormir, una ducha, comida. Son necesidades básicas», continúa.

La primera noche Janine le regaló una chaqueta vieja de invierno, herencia de su padre, a Ghassan. No se la quitó. A la mañana siguiente, Bushra sacó de su pequeño equipaje un lápiz y una sombra de ojos y se maquilló con delicadeza mientras amanecía septiembre en Berlín. «Es como si, a pesar de todo lo que han pasado, quisieran demostrar que están bien. Detrás de esos ojos pintados, que sonríen, hay una enorme tristeza. Creo que ese dolor les ayuda, les da fuerza», adivina Janine. «Me sorprende que, en realidad, es como tener unos amigos en casa. No me parecen extraños», dice Marga.

El primer día cocinaron ellas, pasta con tomate. El segundo, invitaron ellos. Fueron a una tiendecita cercana, atendida por un turco, y cocinaron para sus anfitrionas. Uno de ellos preguntó luego en qué dirección estaba la Meca, para rezar. Bebieron té e intentaron comunicarse a través del traductor de Google. Ellas creen, por sus gestos, por sus caras, que el hombre, algo mayor, no tiene relación directa con la pareja. Pero dicen que son familia porque, de esa forma, permanecerán juntos, como lo han hecho desde que emprendieron el camino.

A partir de mañana dormirán en un hotel. Ya no quedan habitaciones en los centros de acogida, ni tampoco en muchos albergues. El alcalde de Berlín quiere convertir el aeropuerto abandonado de Tempelhof en un refugio temporal. Bushra, Ghassan y Mohamad tienen un billete de metro para poder moverse y un puñado de formularios que tienen que rellenar. En principio, en los próximos días recibirán una ayuda de 143 euros mensuales los tres primeros meses.

«Los gobiernos de Europa no están reaccionando. No están a la altura. Por eso la sociedad tiene que tener coraje y demostrarles que son bienvenidos», dice Janine. «Los políticos deberían dar respuestas eficientes. Mientras no lo hagan, nosotros podemos ayudar. No podemos mirarles como números, como mercancía en un tren», continúa Marga. «Aunque sus ojos digan que han visto el horror, se parecen a nosotros», termina Leticia.

Se levantan y muestran carteles de colores con la misma frase escrita en árabe, inglés, alemán y español: «Feliz Cumpleaños». Porque hoy cumple años Úrsula, la dueña habitual de una habitación en la que, durante unos días, han vivido tres refugiados sirios

Fuente: Diario El Mundo / Redacción: María Crespo (Madrid)