Pagándose el combustible viajan 150 km por día en las peores condiciones a dar clases

Las dos maestras deben pagarse el combustible, hacen 150 kilómetros por día para darles clases a cuatro alumnos en una casa donada por un productor agropecuario. Los niños de esta manera, pueden continuar con sus planes de estudio. Conocé una historia ejemplar.

 

 

Por Leandro Vesco

Las historias de solidaridad se reproducen en el país. La realidad es cruda en los pequeños pueblos donde la ayuda del estado no llega y posiblemente no lo haga nunca. Es por eso que los vecinos deben ayudarse unos a otros para tender puentes humanitarios y educativos. Dos maestras de General Villegas deben hacer 150 kilómetros para darle clases a sus alumnos.

La historia cautiva, y tiene protagonistas centrales que alimentan un guión que desgraciadamente se vuelve muy común en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. El Partido de General Villegas es uno de los más afectados por las inundaciones, y continuas lluvias. Desde hace dos años gran parte de su superficie está bajo agua, los lugares que más sufren esto son los parajes y pequeños pueblos. El suelo ha perdido la natural capacidad de absorción, producto de los campos que han elegido desde hace muchos años el monocultivo.

Hasta acá lo que todos conocemos. Charlone es un pueblo que está al norte del partido, en el mapa aparece como un pequeño punto en el vértice provincial, limitando con La Pampa y Córdoba. Allí, en el ejido rural está la Escuela N° 38 Sargento Cabral, desde hace meses es una isla en medio de un mar de agua dulce. Por esta razón, los niños dejaron de recibir educación. Un productor agropecuario de la zona, Francisco Iguerabide, quien tiene su campo allí, también con gran parte de su superficie bajo agua, cuando se enteró de la realidad de la escuela y de los alumnos, decidió pasar a la acción directa.

“Había que dar una respuesta. Me enteré que las familias vecinas se iban del pueblo porque los chicos perderían el colegio y que si quedaban pocos iban a cerrarlo. Como tengo una casa en el campo, se la mostramos a la maestra y firmamos un convenio para que den clases hasta que se solucione el problema”, declaró al Diario La Nueva. Con el visto bueno de las maestras, la realidad cambió para ellas, por un lado, los niños podrían volver a tener educación, pero le “nueva escuela” significaba hacer un viaje de 75 kilómetros a la ida y otros tantos a la vuelta. Analía Scott y María Estela Martínez, las maestras, no lo dudaron.

 

Cuando la solidaridad y la vocación pueden más.

 

Ambas residen en Charlone y para ir a la casa en el campo de Iguerabide, donde acondicionaron la nueva escuela, deben hacer 150 kilómetros por día por caminos vecinales que penetran en la profundo del mapa, donde pocos llegan y donde se despliega el escenario devastador de la inundación. “Hacemos más kilómetros, pero lo bueno es que los chicos no pierden días de clase. Por fortuna apareció Francisco”, detalla Scott. Cuatro son los alumnos que concurren la casa de campo que devino en escuela. Por ellos, todo el sacrificio. Los niños, que de otra manera no podrían continuar con sus planes de estudios, de esta forma pueden seguir con la regularidad de recibir clases. El gesto de las maestras es de una humanidad indescriptible. Hay que sentir el oficio con el corazón para hacerlo.

El camino que recorren las maestras da cuenta del esfuerzo. Salen de Charlone y deben ir hasta Buchardo y de ahí hasta Melo, ambos pueblos de la provincia de Córdoba. Luego cruzan campos hasta regresar a Buenos Aires y al campo de  Iguerabide donde está la casa donde las esperan sus cuatro alumnos. El regreso, es desandar la huella dejada. Así, todos los días desde el primero de agosto.

El Estado, alejado en la cartografía y mucho más en la vida real, ni siquiera les paga el combustible. “Nosotras estamos al servicio de la docencia, la única esperanza es que cambie el clima y pare de llover” Mientras tanto, los políticos, hacen lo único que saben: pedir votos.

 

 

Fuente | Revista El Federal