En 2018 más de 10 mil personas murieron por el cambio climático

Además de las muertes, se produjeron daños por U$S 160.000 millones, de acuerdo a un informe privado. La irresponsabilidad de Trump y el costo para los países emergentes.

 

 

El cambio climático es una realidad indiscutible. Temperaturas extremas, variaciones brutales e imprevisibles, fenómenos meteorológicos de violencia inusitada, azotan todas las regiones del planeta de manera creciente y generan daños cada vez mayores.

Las lluvias se concentran por lapsos muy extensos ensañándose con lugares concretos donde, en pocas horas, se registran precipitaciones equivalentes a las de todo un año

Huracanes y tornados se suceden en zonas donde no eran frecuentes. La enumeración podría llevar varias páginas y los ejemplos abundan a diario en los medios.

Inundaciones en zonas infrecuentes, como lo que sucedió en Comodoro Rivadavia, hace unos años.

La vida cotidiana y la economía de las naciones se está viendo gravemente afectada y esto apenas es el comienzo porque las perspectivas son de un incremento de las situaciones y fenómenos descriptos.

Un informe de la compañía aseguradora Munich Re señala que, durante 2018, los desastres naturales causaron 10.400 muertes y perjuicios estimados en el orden de ciento sesenta mil millones de dólares (US$ 160.000.000.000), una cifra extraordinaria y largamente superior al promedio histórico.

El consenso científico global reunido en torno al Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC según su sigla en inglés) conformado por las Naciones Unidas, es contundente y preciso hace muchos años: las emisiones de efecto invernadero provocadas por la humanidad -en especial por los países más desarrollados que generan la gran mayoría de ellas- han sido y son decisivas para acelerar el calentamiento global que motiva el cambio climático

Hace más de doce años se conoció el Informe Stern, referido a las consecuencias económicas del cambio climático. Un equipo liderado por el destacado economista británico Nicholas Stern, lo desarrolló a pedido del gobierno del Reino Unido y dio a conocer sus 700 páginas el 30 de octubre de 2006.

La investigación estableció que con una inversión equivalente al 1% del PIB mundial era suficiente para contener el calentamiento global y sus efectos sobre el clima. También sostuvo que, de no hacerse tal inversión, los daños podían alcanzar el 20% del PIB global.

El Informe Stern concluyó, en suma, que invertir en la reducción del calentamiento global y la contención del cambio climático era una extraordinaria oportunidad económica, era “negocio”.

Los expertos propusieron medidas concretas que, por supuesto, requerían un acuerdo global que incluyera a la gran mayoría de los países pero, sobre todo, a los principales emisores de gases contaminantes.

Una docena de años más tarde es claro que, por irresponsabilidad, incapacidad o la combinación de ambos factores en la dirigencia mundial, no se han logrado avances trascendentes.

El Acuerdo de París sobre el cambio climático, celebrado a fines de 2015 y que entró en vigencia en noviembre de 2016, fue un logro significativo en la dirección correcta. Sin embargo, pocos meses después, el Gobierno del presidente Donald Trump retiró de dicho acuerdo a los Estados Unidos, principal país contaminante, causando un daño irreparable a la posibilidad de que sea cumplido.

Entretanto el clima nos castiga con intensidad cada vez mayor, los mayores daños los sufren quienes menos tuvieron que ver con la contaminación -mayoritariamente países del tercer mundo sin infraestructura– y los riesgos de una situación sin posibilidad de retorno no dejan de aumentar

Mientras escribo esta columna rogando poder publicarla antes de que se corte nuevamente la electricidad, recuerdo el bello y conmovedor poema de Kurt Vonnegut que nos convoca a una profunda reflexión:

Réquiem

El crucificado planeta Tierra,

debería encontrar una voz

y sentido de la ironía

para poder decirnos

ahora que ya hemos abusado de él:

“Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”

La ironía sería

que sí sabemos

lo que hacemos.

Cuando el último bicho viviente

haya muerto por nuestra culpa

qué poético sería

si la Tierra pudiera decir

con su voz alzándose

tal vez desde el fondo del Gran Cañón:

“Se acabó, a la gente no le gustaba estar aquí”

*Alejandro Drucaroff Aguiar es abogado, especialista en ética pública. Escribe columnas en el portal amigo Buena Vibra y en otro medios.

 

 

 

 

Fuente | Border Periodismo